Sri Lanka en 14 días fue la primera parte de nuestra luna de miel, y si algo teníamos claro antes de ir es que no queríamos elegir entre historia, naturaleza o playa: queríamos las tres cosas. Así que montamos una ruta circular de 2 semanas que nos llevó desde ciudades sagradas entre la selva, a safaris con elefantes y leopardos, pasando por plantaciones de té, el tren más fotografiado de Asia y algunas de las mejores playas en las que hemos estado nunca. Después de esto, pusimos rumbo a Maldivas para cerrar el viaje, pero esa parte ya os la contamos en nuestro itinerario de Maldivas en 7 días. ¿Te vienes a vivir este PlanD recién casados por Sri Lanka?
PlanDviajero viendo la Lion’s Rock de Sri Lanka
Por qué viajar a Sri Lanka: 4 motivos para elegir la isla que lo tiene todo
Sri Lanka es de esos países que parecen mucho más grandes de lo que son en el mapa. En 14 días pudimos pasar de una ciudad sagrada budista de hace más de 2.000 años a un safari con elefantes, de una plantación de té en las montañas a una playa de surf en el Índico, sin sentir que íbamos corriendo de un sitio a otro. Estos son, para nosotros, los cuatro motivos que justifican que vayas preparando la maleta para este destinazo:
- Los paisajes. Pocos países tan pequeños esconden tanta variedad. El centro es el más frondoso, con selva y arrozales por todas partes. Hacia el norte, y sobre todo en el sureste en la zona de Yala, el paisaje se vuelve mucho más seco. Y en la costa, la vegetación baja y las palmeras altísimas le dan ese toque de país tropical que cualquiera podría esperar de Sri Lanka.
- Una cultura súper hospitalaria. El budismo se respira en sus construcciones, pero también en su gente. Sri Lanka es mayoritariamente budista, aunque conviven puerta con puerta comunidades hindúes, cristianas católicas (herencia de la colonización portuguesa, muy presente en Negombo) y musulmanas (como en Akurana), sin conflicto ninguno aparente. Esa filosofía de respeto y convivencia se traslada también a cómo tratan al visitante. Nos fijamos en que los srilankeses te saludan dándote la mano mientras se sujeten este brazo con la otra, un gesto que transmite respeto, amabilidad, y hospitalidad.
- La fauna. Sri Lanka tiene la mayor densidad de leopardos del planeta (unos 60 ejemplares solo en el Parque Nacional de Yala) y es uno de los pocos lugares del mundo donde puedes ver manadas de elefantes salvajes reunirse por cientos en libertad, en el fenómeno conocido como «The Gathering». Nosotros hicimos tres safaris distintos en Wilpattu, Minneriya y Yala, y cada uno nos dejó fauna completamente diferente.
- Un patrimonio milenario. El llamado Triángulo Cultural concentra en el centro-norte de la isla los puntos más interesantes del país, estando en cada vértice las tres antiguas capitales del país que son Anuradhapura, Polonnaruwa y Kandy, aunque quedan incluidas dentro Mihintale, Sigiriya y Dambulla. Ciudades sagradas, estupas gigantescas y una fortaleza real construida en la cima de una roca de 200 metros. Todas ellas declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
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Entre safaris, trenes de montaña y carreteras con elefantes, un buen seguro de viaje de Heymondo es lo primero que hay que meter en la maleta: usa el código PLANDVIAJERO y tienes un 5% de descuento.
Sri Lanka en 14 días: cómo organizamos nuestro viaje
Si estás pensando en recorrer Sri Lanka en 2 semanas, esta es la ruta que seguimos nosotros y que te recomendamos sin dudarlo. Siempre que empezamos a organizar nuestro próximo viaje, el primer paso es encontrar los vuelos. Parece muy obvio, pero es clave para saber si podremos aprovechar los días de llegada y vuelta dentro del itinerario.
Salimos el 6 de julio por la noche, aterrizando el 7 al mediodía, y nos fuimos el 20 de julio por la tarde. Esta vez, hemos volado por primera vez con Etihad, y la verdad es que nos encantó por sus espaciosos asientos, buena comida y una atención de diez. Se va directa a nuestro top 3 de aerolíneas.
Sri Lanka fue la primera etapa de un viaje más largo que cerramos en Maldivas, y eso también influyó bastante en cómo organizamos nuestro itinerario de 14 días por Sri Lanka. Con los vuelos cerrados, decidimos los puntos que más nos interesaba ver, priorizando cultura, historia y naturaleza. O sea, el Triángulo Cultural, los safaris, y la «turistada»: el tren a Ella (aunque más adelante explicaremos por qué lo ponemos entre comillas, porque es un must para conocer Sri Lanka).
Las playas quedaron en segundo plano porque en julio la costa sur y oeste tiene un mar un poco revuelto por los monzones. Aunque la zona este es más tranquila para bañarse en esta época (muy conocido Trincomalee), nos desviaba mucho de la ruta. Además, la parte de playa y desconexión ya la íbamos a cubrir de sobra en Maldivas.
Con esto claro, marcamos todos los puntos que queríamos visitar en un Google My Maps y, usando paralelamente Google Maps para ver cuánto tardamos en cada trayecto, fuimos encajando qué ver cada día, qué puntos eliminábamos del itinerario, los hoteles y las excursiones alrededor.
Para movernos elegimos ir con conductor privado en lugar de un coche de alquiler o tuktuk por diversas razones. Las carreteras tienen curvas una detrás de otra, señales de elefantes cruzando, y los límites de velocidad son bajos incluso en autovías de peaje, así que ir por libre no compensaba. Además, con vehículo propio nos limitaba en cosas como el tren, que tendríamos que haber vuelto por él con su consecuente pérdida de tiempo, y eso sin contar gasolina…
Además, ir con un driver acabó siendo mucho más que transporte pues, constantemente estábamos intercambiando charlas sobre su cultura y lo que nos diferencia de la nuestra. Wasala nos contaba sobre la historia y cultura del país, su situación actual y pasado reciente, nos recomendaba dónde comer, que sitios visitar que no habíamos pensado y hasta nos hizo un regalo de bienvenida y despedida. Nos era honesto cuando los precios eran muy altos, o cuando las actividades estaban hechas para turistas. Estamos súper agradecidos te haberle conocido.
Antes de salir nos pusimos al día con las diferentes vacunas, así que consulta la situación actual con tu centro de vacunación internacional. También, llevamos repelente para las zonas más rurales (marcas Relec y Goibi). Aunque en otro artículo os contaremos todo lo que debes saber antes de viajar a Sri Lanka, que sepas que la moneda es la rupia srilankesa (LKR), con un cambio aproximado de 1€ equivale a 380 rupias.
Nosotros cambiamos efectivo en una joyería de confianza de nuestro conductor en Negombo, y en algunos puntos del viaje usamos los cajeros sin comisiones Bank of Ceylon para retirar dinero usando tarjeta Revolut. En cuanto a datos móviles, confiamos una vez más en Holafly, estando conectadosa internet durante todo el viaje sin ningún tipo de problema.
¡Ojo! De junio a septiembre los precios de los alojamiento se disparan, prácticamente se duplican. Tenlo en cuenta si vas a planificar tu viaje en estas fechas.
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Si quieres despreocuparte de la logística, tienes dos opciones: el tour de 8 días por Sri Lanka con guía, alojamiento y entradas incluidas, o el combo de 11 días con Maldivas para cerrar el viaje en el paraíso, que es exactamente lo que hicimos nosotros.
Qué ver en Sri Lanka en 14 días: itinerario
Días 1 y 2: Negombo, estupas en Anuradhapura y safari en Wilpattu
Nuestra luna de miel arrancó con una escala en Abu Dhabi, donde la nueva terminal del aeropuerto Zayed International nos dejó con la boca abierta: techos ondulados, curvas por todas partes y salas gigantes sin una sola columna por las que entra mucha luz. Luego leímos que su diseño se inspira en las dunas del desierto, ¡súper chulo!
Llegamos a Sri Lanka al aeropuerto de Bandaranaike que es justo lo contrario: enano, enano, ENANO y feo como él solo. Allí nos esperaba Wasala, nuestro conductor, que nos dio la bienvenida con unos collares de conchas. Nos sorprendió que el aeropuerto internacional no estuviera en Colombo, la capital, sino en Negombo. Antes de poner rumbo a Anuradhapura, fuimos a cambiar dinero, y en ese trayecto ya llegaron los primeros contrastes.
Negombo tiene tráfico, edificios altos y calles con pinta de ciudad (spoiler: en pocos sitios más del viaje veríamos algo así). Y en cada esquina estatuas de vírgenes, santos y sacerdotes. Nosotros flipando pensando que todo el país era budista. La explicación está en los portugueses que en el siglo XVI convirtieron a buena parte de las comunidades pescadoras de la costa al cristianismo, entre ellas Negombo. Cambiamos en Jewel Lanka, una joyería de la calle principal junto al canal, con bastante buen cambio.
Unas cuatro horas después llegamos a nuestro hotel en Anuradhapura: Livin Lush, un hotel modesto que cumplió sin más. Nos recibieron con una bebida de bienvenida, un detalle que se repitió en todos los hoteles del viaje, ya fuera limonada o smoothie. Cenamos en Old Casserole, un restaurante de cocina chino-srilankesa que no se parece en nada al chino de España. Estaba bueno aunque no fue de lo mejor que comimos, pero nos salvó la noche entre el cansancio y no conocer nada.
Por el camino descubrimos que Anuradhapura no es una ciudad como tal: son casas y hoteles desperdigados entre parcelas vacías, sin aceras y casi sin farolas. Y por la noche, hogueras en la puerta de las casas. En muchas zonas no hay recogida de basura, así que quemar los residuos orgánicos es lo más habitual.
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Nosotros solo estuvimos de paso al llegar, pero si aterrizas con margen merece la pena conocerla. Puedes hacer una visita guiada, recorrerla con un tour en tuk tuk y paseo en barco, o ir a tu aire con un tour privado.
El día 2 empezó con un desayuno srilankés en toda regla: roti, dhal curry, curry de patata, pol sambol, string hoppers (nidos de fideos de arroz), la típica tortilla srilankesa, fruta, smoothie y café. Con el estómago lleno recorrimos la ciudad sagrada de Anuradhapura, capital de la isla durante casi 1.400 años.
Lo que más nos impresionó fue sentir de cerca el budismo y la devoción en el Jaya Sri Maha Bodhi, un árbol sagrado de más de 2.300 años, las colosales estupas de Ruwanweli Maha Seya y Jetavanaramaya (esta última es la estructura de ladrillo más grande jamás construida) y el templo de Isurumuniya. También vimos Thuparamaya, Abhayagiriya, el Samadhi Buddha, las Twin Ponds y la piedra lunar de Rathna Prasadaya.
Aquí vivimos nuestro primer choque cultural de verdad. Tuvimos que ponernos sarong para taparnos las rodillas e ir descalzos casi todo el día. Menos mal que llevábamos calcetines, porque el suelo quema una barbaridad. Los peregrinos, vestidos de blanco, rezaban y dejaban flores y comida como ofrenda mientras rodeaban las estupas.
Y otra norma que aprendimos rápido: nunca te hagas una foto de espaldas a una estupa o a un Buda, siempre de lado. Te lo contamos con todo detalle en nuestra guía de qué ver en Anuradhapura.
Comimos en Gale Kade, un rice and curry local perdido en la carretera hacia Wilpattu y que, por cierto, fue el sitio más barato en el que comimos de todo el viaje: 2,5 € por persona, agua incluida. Por la tarde, safari en el Parque Nacional de Wilpattu, el primero de Álvaro.
Leopardos no vimos, pero sí elefantes asiáticos escondidos entre los árboles, búfalos de agua, ciervos, monos, pavos reales, tántalos indios, el gallo de Ceilán (el ave nacional de Sri Lanka) y hasta un oso bezudo, uno de los animales más difíciles de ver en la isla. Te adelantamos que cada safari fue mejor que el anterior. La parte mala es que se llena de jeeps con turistas. Aunque no parecía que molestáramos mucho a los animales, no tenemos claro hasta qué punto es ético hacerlo.
Para cenar pedimos nuestro primer tuk tuk con la app PickMe (toda una experiencia) y fuimos a Little Paradise. Solo tenían rice and curry, pero qué rice and curry: berenjena, patata, judías verdes, flor de platanero, papadam, pollo y dhal. Lo acompañamos con nuestra primera Lion beer, la cerveza local que nos encantó.
El camarero era un encanto. Se paraba a charlar, nos contaba cosas de Sri Lanka y practicaba su español, que sumaba a las palabras que sabía de un montón de idiomas. De postre, buffalo curd, un yogur de leche de búfala bastante cuajado con miel. Buenísimo. Y a dormir, que al día siguiente tocaba más.
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Sin alguien que te explique la historia, Anuradhapura se queda en un montón de estupas gigantes difíciles de conectar entre sí. Si no viajas con conductor privado, esta excursión desde Sigiriya incluye transporte, guía y visita a los principales monumentos de la ciudad sagrada.
Días 3 y 4: Mihintale, Sigirya y Polonnaruwa, la cara cultural y budista de Sri Lanka, y safari en Mineriya
Ya el tercer día decidimos pasarnos al desayuno occidental que se nos hacía menos pesado… Además, nos daba en la nariz que del arroz, el pollo y el curry no nos íbamos a olvidar… Spoiler: todos los días comíamos arroz de alguna forma.
Pusimos rumbo a Mihintale. Y qué sorpresa. Aquí el aire era algo más fresco, la vegetación más frondosa y, subiendo en coche, ya íbamos viendo casas-cueva donde vivían los monjes. Al aparcar nos recibieron ruinas de antiguas dependencias monásticas, un hospital y, cómo no, un montón de monos.
Descubrimos que Mihintale está considerado el primer santuario de fauna del mundo. Según la tradición, el rey Devanampiya Tissa estaba cazando ciervos en esta montaña cuando se encontró con el monje Mahinda, hijo del emperador indio Ashoka. Este le convenció de que todos los seres vivos tienen el mismo derecho a vivir y a ser libres. El rey se convirtió al budismo y prohibió cazar o hacer daño a cualquier animal en los bosques de alrededor.
Un encuentro por allá en el 247 a.C. que, a día de hoy, se celebra cada luna llena de junio en el Poson Poya Day, cuando miles de peregrinos suben a Mihintale para conmemorar la llegada del budismo a la isla.
Tras una larga escalinata (1.840 escalones nada más y nada menos), y ya descalzos, flipamos con lo que teníamos ante nuestros ojos. Primero, una pequeña estupa conocida como Ambasthala rodeada de columnas que en su día sostuvieron techos de madera, una estatua dorada de Mahinda, a mano izquierda un gran Buda blanco sentado y a mano derecha la Ardhana Gala y dos grandes y blancas estupas más.
Desde ahí trepamos a la Aradhana Gala, la «roca de la invitación», una roca enorme con pequeños escalones tallados en la piedra. Según la tradición, este es el punto donde se posó Mahinda al llegar a la isla, y el nombre viene de que desde aquí se invitaba a los dioses a escuchar las enseñanzas de Buda. Hoy hay barandillas, pero no queremos ni imaginar cómo subían los monjes sin ellas.
Desde arriba las vistas eran brutales, pero otra estampa preciosa era ver la gran estupa blanca de Mahaseya y, justo detrás, la Mihindu Maha Stupa envuelta en telas con imágenes budistas. Todo estaba lleno de banderas budistas, esculturas y piedras lunares. También, entramos a una casa de imágenes repleta de esculturas pintadas de monjes y seres que parecían flotar entre nubes, todas mirando hacia un Buda reclinado al fondo.
Nos fuimos de Mihintale con la sensación de que sería uno de los lugares más especiales de Sri Lanka. Y después de revisitar nuestras fotos para escribir este artículo, te aseguramos de que de verdad que lo fue.
Continuamos nuestro camino en coche dirección Aukana y nos encontramos una escena curiosa: gente extendiendo el arroz sobre el asfalto para secarlo al sol. Paramos a charlar con uno de ellos, que nos enseñó la planta con el grano todavía dentro de la vaina. Poco después bordeamos el embalse de Kala Wewa, construido por el rey Dhatusena en el siglo V para regar los arrozales. Quédate con su nombre, que enseguida vuelve a salir.
El Buda de Aukana es de esos sitios a los que apenas llegan turistas. Nos lo dijo el propio Wasala, que nos felicitó por incluirlo en la ruta. Es una estatua de pie de casi 13 metros, tallada directamente en la roca sobre un pedestal de loto. Se atribuye al propio Dhatusena. Un detalle curioso: de frente parece delgado, pero de lado se le nota la tripita. La entrada cuesta 1.500 rupias por persona (4€).
Llegamos a Sigiriya. Nos habría gustado hacer un paseo en globo pero, debido a la temporada y el riesgo de lluvias fuertes, no pudimos reservarlo Así que hicimos un «village tour», una turistada total, lo sabemos, pero muy interesante para entender cómo era la vida rural antes de la tecnología.
Nos llevaron hasta un lago en un carro tirado por un motocultor (que conducirlo tiene su aquel, hay que estar fuerte) y dimos una vuelta en barca con la Lion’s Rock de fondo. Con hojas y flores de loto nos hicieron un sombrero, un collar y un ramo en un par de minutos.
Después, hicimos una clase de cocina srilankesa con utensilios tradicionales. Cortaban la verdura pasándola por una hoja de hierro fija, molían sobre una piedra con un rodillo también de piedra y abrían los cocos a machetazos. Cocinamos nuestro propio rice and curry (buenísimo por cierto) y de postre konda kavum, un bollito dulce frito.
Seamos sinceros, es una actividad hecha para turistas. Hay que dejar propina en cada parada, pero tenemos que admitir que solo por la clase de cocina merece la pena. De hecho, ya hemos repetido alguna receta en casa.
Paramos a descansar en nuestro hotel durante estos días, el Divine Eco Resort, y te adelantamos que fue un HOTELAZO. Cuenta con dos cabañas súper equipadas, piscina infinity y una familia adorable que además cocina de lujo. De lo mejor de todo el viaje. Tras un chapuzón rápido nos fuimos corriendo a la Lion’s Rock para ver el atardecer, porque cierra pronto.
Sigiriya fue la fortaleza del rey Kashyapa, hijo de Dhatusena (sí, el del embalse y el Buda), que en el siglo V mató a su padre para quedarse el trono y, temiendo la venganza de su hermano, se construyó un palacio en lo alto de esta archiconocida roca. Tras su muerte se convirtió en monasterio y hoy es Patrimonio de la Humanidad.
Entre jardines de agua, escalinatas y ruinas por todas partes, nos sentíamos dentro del Temple Run, Indiana Jones o Tomb Raider. Primero visitamos las ruinas de los jardines y del monasterio en la base, y fuimos subiendo poco a poco la roca. A mitad de camino están los frescos de las doncellas de Sigiriya, que no se pueden fotografiar pero son imprescindibles.
Justo en el último tramo de subida, y ya casi sin aire, vimos las garras del león gigante que custodiaba la entrada al palacio de la cima. Después de muchísimas escaleras (muchísimas), arriba nos esperaban las ruinas del palacio, el trazado de la ciudad y los jardines a nuestros pies, un mar verde alrededor y un atardecer increíble. La entrada cuesta 11.900 rupias por persona (30€ aprox).
De vuelta al hotel, baño nocturno en la piscina y cena de kotthu, uno de los platos más típicos del país: roti troceado en la plancha a golpe de espátula y salteado con verduras, huevo y pollo. Genial para descansar del arroz. Lo acompañamos con dos cervezas Lion de tamaño XXL y, de postre, fruta variada con helado de vainilla (bastante típico también).
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Si no viajas con conductor privado, este tour con guía y transporte incluido te lleva a la Roca del León, las ruinas de Polonnaruwa y Medirigiriya —que nosotros no llegamos a visitar— con uno de los templos circulares mejor conservados de la isla.
Amanecemos el cuarto día con la alarma a las 4 y pico y a las 5:15 ya estábamos subiendo a pie la roca de Pidurangala, el mejor spot para ver la Lion’s Rock al amanecer. La subida dura unos 20 minutos y pide algo de forma física, pero se hace sin problema si vas despacito.
A mitad de camino aparece un gran Buda reclinado de ladrillo, y el último tramo es trepar entre rocas. Cuando llegamos la cima, nos quedamos a ver la Lion’s Rock hasta que se hizo de día, y sacamos fotos para aburrir. La entrada cuesta 1.000 rupias por persona. Ya abajo, visitamos con calma el templo-cueva real de Pidurangala.
De camino a Polonnaruwa paramos a ver la Roca del León desde otro punto de vista que te dejamos la ubicación aquí.
Polonnaruwa fue la capital de Sri Lanka entre los siglos XI y XIII, cuando Anuradhapura cayó tras las invasiones del sur de la India. Vivió su época dorada con el rey Parakramabahu I, que llenó la ciudad de templos y palacios y construyó un embalse tan grande que lo llamaron «el mar de Parakrama».
Empezamos por el museo, que para nosotros es obligatorio: tiene maquetas de los templos tal y como eran, restos arqueológicos y un montón de esculturas budistas y también hindúes, como Ganesha, Shiva o Brahma. Tras la visita al museo, ya teníamos el contexto para ver la ciudad antigua con otros ojos, que por cierto nos costó la entrada al recinto arqueológico unos 26 € por persona.
Como en Anuradhapura, las distancias son enormes, así que lo mejor es recorrerla en coche. También se puede en tuk tuk o en bici, pero con el calor no te lo recomendamos.
Arrancamos con la estatua de Parakramabahu, el templo de Potgul y el Palacio Real, del que aún quedan muros gigantes de los siete pisos que llegó a tener. Seguimos por el palacio de Vijayabahu, el estanque real de Kumara Pokuna y la muralla de la ciudadela. Lo mejor llegó en el Cuadrilátero Sagrado. El Vatadage, un templo circular con cuatro Budas mirando a cada punto cardinal, nos encantó después de haber visto su maqueta en el museo.
Justo al lado están el Hatadage, donde se guardó la reliquia del diente de Buda, y el Nissanka Latha Mandapaya, con unas columnas curvadas que imitan tallos de loto. Rarísimas y preciosas. Después pasamos por las estupas de Pabalu Vehera, Rankoth Vehera (la más grande de Polonnaruwa) y Kiri Vehera, que aún conserva su blanco original después de 800 años. Justo al lado nos quedamos boquiabiertos en Lankatilaka: unos muros altísimos que encierran un Buda gigante sin cabeza y que nos recordaron a los templos de Egipto.
Para cerrar, la joya escondida: Gal Vihara, cuatro Budas tallados en una misma pared de granito en el siglo XII que cuentan juntas el camino de Buda. Dos sentados (la meditación), otro de pie con los brazos cruzados (su significado aún se discute) y uno reclinado de 14 metros (el paso al nirvana). Sin duda el nivel de tallado te deja sin palabras.
Además, este sitio es un símbolo de la unificación de las distintas órdenes de monjes budistas, poniendo fin a siglos de rivalidades como las que vimos en Anuradhapura. Gal Vihara es símbolo de un budismo reunido.
Comimos en Jaga Food, el mejor buffet de rice and curry de toda la isla. Sí, está pensado para turistas, pero está tan bueno que no podemos no recomendarlo. Currys de todo tipo, de jackfruit, de mango silvestre y un largo etcétera. Unas 2.750 rupias por persona.
Por la tarde, safari en el Parque Nacional de Minneriya. Si Wilpattu nos gustó, esto fue otro nivel: elefantes asiáticos por todas partes, además de cocodrilos, chacales y un montón de aves. De verdad que daban ganas de llorar con tanto elefante junto. Elefantes adultos y bebés reunidos.
Vivimos el The Gathering totalmente, en otras palabras, el momento del año en el qeu manadas de elefantes se acercan al lago del Parque de Minneriya para beber agua ahora que hay menos profundidad en esta época del año. Impresionante, de verdad. Sin palabras. Nos metieron también por una zona de selva y, en este caso, al ser coches sin techo, ir de pie en el 4×4 se sentía como jugar a un videojuego de evitar obstáculos.
De vuelta en nuestro hotel, el Divine Eco Resort, repetimos kotthu para cenar, y nos dimos un último bañito en la piscina antes de ir a dormir.
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Es justo la combinación que hicimos nosotros y uno de nuestros días favoritos del viaje. Si no vas con conductor, esta excursión a Polonnaruwa y safari en Minneriya te lo organiza todo en un mismo día: ruinas de la antigua capital por la mañana y más elefantes salvajes de los que puedes contar por la tarde.
Días 5 y 6: de las cuevas de Dambulla a los templos de la antigua capital Kandy
Nos despedimos del Divine Eco Resort con otro desayunazo: rollitos de patata y curry rebozados, tortilla rellena de coco rallado con miel, huevos, sándwiches de mermelada, unos perritos de pollo con cebolla y pepino, fruta y café. Y todo rodeados de ardillas y cálaos saltando entre los árboles.
El quinto día se avecinaba fuerte. Es más, te lo adelantamos: el Templo de Oro de Dambulla es nuestro lugar favorito de Sri Lanka y uno de los sitios más increíbles que hemos visto en la vida.
Nuestra primera parada del día fue, valga la redundancia, las Cuevas de Dambulla. Nos pusimos un sarong y nos descalzamos una vez más para conocer esta joya. Las Dambulla Caves son un monasterio budista excavado en una gran roca que lleva más de 2.000 años en uso. Según la tradición, el rey Valagamba se escondió aquí en el siglo I a.C. huyendo de los invasores del sur de la India y, al recuperar el trono, convirtió las cuevas en templo.
Hoy es Patrimonio de la Humanidad, con más de 150 estatuas de Buda y unos 2.100 m² de paredes y techos pintados. La entrada nos costó 3.000 rupias por persona.
Tras una roca con inscripciones antiquísimas, entramos en la cueva del Rey Divino, con un gran Buda reclinado, mucho calor y rezos frente a un altar lleno de ofrendas.
Luego cruzamos una cortina hacia la cueva de los Grandes Reyes, y se nos cayó la mandíbula al suelo. Un espacio inmenso con el techo entero pintado, estatuas de Buda y monjes hasta el último rincón y hasta una estupa. En una esquina, una vasija recoge el agua que gotea del techo y que, dicen, nunca deja de caer, ni en plena estación seca. La consideran sagrada por sus poderes curativos.
Las cuevas 3, 4 y 5 son más pequeñas, pero después de la segunda todo nos parecía poco. Al salir, humo de incienso, banderas budistas, monjes de naranja y tambores anunciando la Buddha puja, la ofrenda diaria de comida y flores a Buda.
Bajamos entre puestecitos de comida y souvenirs hasta el Templo Dorado, con un Buda dorado de unos 30 metros. Nos encantó la fila de estatuas de monjes que avanza en procesión hacia él, cada uno con una ofrenda. Uno es azul: Moggallana, uno de los discípulos principales de Buda, famoso por sus poderes sobrenaturales.
Camino de Kandy paramos en el Ranweli Spice Garden, donde por fin descubrimos de dónde salen la cúrcuma, la canela, el clavo, la vainilla o la pimienta (verde, roja o negra según lo madura que esté). Es gratis entre muchas comillas: té de canela y masaje de regalo, pero propina para el guía y los masajistas, y visita final a la tienda. La verdad que no te aconsejamos esta actividad.
Hicimos una pequeña parada en Matale, donde nos dejó flipando el Sri Muthumariamman Kovil, un templo hindú cuya torre de entrada, de 33 metros, está cubierta por más de mil figuras de dioses. La entrada nos costó 500 rupias por persona.
Detrás tiene una historia que no conocíamos. En el siglo XIX, los británicos trajeron desde el sur de la India a miles de trabajadores tamiles para las plantaciones de café y té. Fueron ellos quienes, con su trabajo en condiciones durísimas, hicieron posible que el té de Ceilán se convirtiera en uno de los más famosos del mundo. Consigo también trajeron su lengua, su gastronomía, sus dioses, y templos como este. Según la leyenda, la diosa Muthumariamman se le apareció en sueños a una devota y le pidió un templo bajo un árbol del pueblo.
Ya nos íbamos acercando a Kandy y seguíamos topándonos con esos contrastes que caracterizan a Sri Lanka. Si bien veníamos del hinduismo de Matale, y días atrás el cristianismo en Negombo, cuando atravesamos Akurana nos dimos cuenta de que, aquí, la mayoría de la población era musulmana. Otro ejemplo de la mezcla de culturas de la isla.
Llegamos a Kandy y fuimos a comer en el restaurante que nos recomendaron… Aunque fue un atrapaturistas de manual. Tenía unas vistas preciosas al río y las palmeras, sí. Y los noodles, los rollitos de primavera y el pollo con verduras estaban ricos, pero era caro y con raciones pequeñas. Compensamos la comida yendo al Jardín Botánico Real de Peradeniya, enorme y espectacular (aunque la entrada no fue barata la verdad).
Nos encantaron los paseos de palmeras y de cipreses, la casa de las orquídeas, las aves del paraíso y los bambús gigantes. Aunque tenemos que admitir que nos dio un poco de pánico una zona junto al río porque los árboles estaban literalmente PLAGADOS de murciélagos gigantes.
Después nos fuimos al mercado central. La zona de frutas y verduras es una pasada de colores, pero en la de carne y pescado se nos revolvió el estómago: género a la intemperie, un olor horrible y cuervos enormes al acecho. Interesante, sí, pero no apto para estómagos sensibles. En la zona de souvenirs compramos currys, canela, imanes y dos sarongs. El té lo dejamos para la fábrica del día siguiente.
Vimos atardecer sobre Kandy desde un mirador y, tras pasar por nuestro hotel, el King of Kandy, salimos a pasear de noche alrededor del lago y junto al Templo del Diente. Nuevamente, nos sorprendimos porque Kandy se convertía en la primera ciudad de verdad del viaje, con tráfico, aceras y farolas.
Fuimos a cenar en el Noved, el restaurante del hotel Devon, un poco pijito, pero de lejos el lugar donde mejor comimos de toda Sri Lanka: verduras en tempura, kotthu lasaña, curry verde tailandés con cerdo y brownie con helado.
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Para los templos de las afueras, el mismo plan que hicimos nosotros: este tour por los templos con guía en español y transporte incluido. Y si quieres recorrer la última capital de los reyes, este tour por Kandy cubre sus principales imprescindibles.
Sexto día de la ruta, empezamos desayunando en la azotea del hotel y probamos por primera vez el mangostán (buenísimo por cierto). Esa mañana nos fuimos a las afueras de Kandy con un tour privado en español por tres templos del siglo XIV. Esta época, el periodo de Gampola, fue una etapa de reinos inestables tras la caída de Polonnaruwa, pero también de mucho desarrollo artístico.
El primer templo fue Embekke, dedicado a Kataragama, una deidad protectora asociada al dios hindú de la guerra. Sus columnas de madera tallada son una pasada. En ellas no solo hay representaciones religiosas, sino también soldados portugueses y animales híbridos. Aquí el guía nos explicó que todo templo budista tiene tres elementos: el árbol bodhi (el de la iluminación de Buda), la estupa y la casa de imágenes.
El segundo fue Gadaladeniya, levantado en granito, con un gran Buda dorado meditando. Y el último, el más espectacular, Lankatilaka, encaramado a una roca entre arrozales. Dentro, un Buda rodeado de pinturas en rojo y amarillo, con un detalle increíble. Tras una puerta secreta nos adentramos a santuarios escondidos de dioses hindúes.
En el exterior, y desde el borde de la roca, vimos a gente trabajando los arrozales con búfalos de agua. A las 11 empezó la ceremonia de tambores que acompaña la ofrenda del mediodía, fue súper guay la verdad.
Después visitamos una fábrica de té, el producto estrella de una isla a la que un escocés, James Taylor, trajo las primeras plantaciones en el siglo XIX. Nos enseñaron todo el proceso: las hojas se recogen y se dejan marchitar, aunque en el caso del té negro, se oxidan antes de secarlas, lo que le da su color y sabor intenso.
Aprendimos que, cuanto más pequeña es la hoja del té negro, más fuerte es y mejor combina con leche. La visita es «gratis», ya sabes, propina y también acabas comprando. Aunque para nosotros es una visita obligatoria. Nos llevamos té verde, dos negros (uno semifuerte y otro fuerte), masala chai y uno de maracuyá. Ya probados en casa, podemos decir que todos están riquísimos.
Comimos en un buffet que no nos convenció (poca variedad y todo bastante picante), pero allí descubrimos la Lion Stout, la cerveza negra local, con nada menos que un 8,8% de alcohol. Por la tarde paseamos por el centro, con parada en una cafetería para un café, un matcha y unos gofres (algo caros), y a las 18:00 nos fuimos al Templo del Diente, donde se guarda una reliquia del diente de Buda y el lugar más sagrado del budismo en Sri Lanka.
Con sarong y descalzos, asistimos a la ceremonia de las 18:30. Primero tambores, luego un instrumento de viento, y una puerta que se abre y se cierra mientras los fieles entran con sus ofrendas, así que apenas se ve lo que hay dentro. La planta de arriba estaba repleta de devotos rezando.
También entramos en el Museo Internacional del Budismo, organizado por países, y recorrimos los pequeños templos del recinto. Para cenar, POR FIN algo distinto: hamburguesa en el FAB Ceylon Grand. Necesitábamos un respiro del arroz y nos supo a gloria.
Día 7: vértigo en la Ambuluwawa tower y campos de té por Nuwara Eliya
Llegamos al ecuador del recorrido por Sri Lanka. Atrás quedaban las ciudades sagradas y los templos, y por delante teníamos las montañas, el té y ese verde intenso que sale en todas las fotos de Sri Lanka. Pero antes de subir a las tierras altas tocaba desayunar como se merece: mucha fruta. Smoothie de papaya, minibananas, piña, sandía y, por primera vez, rambután (como un lichi).
La primera parada del día fue uno de esos sitios que no paraban de salirnos en TikTok e Instagram: la torre de Ambuluwawa. Está en lo alto de la montaña homónima cerca de Gampola, la antigua capital que da nombre al periodo de los templos de Kandy, aunque la torre en sí es moderna.
Forma parte de un complejo inaugurado a principios de este siglo en el que conviven en la misma cima conviven un templo budista, uno hindú, una mezquita y una capilla cristina, como símbolo de la armonía religiosa de la isla. La torre, de unos 48 metros, imita la forma de una estupa y está rodeada por una escalera en espiral que se va estrechando según subes.
Para llegar arriba cogimos un tuk tuk, una de las anécdotas más divertidas del viaje. Imagínate un tuk tuk de Alvin y las ardillas, con “Fiebre” de Bad Gyal a todo volumen mientras subíamos la montaña dando botes. Lo más. El tuk tuk nos costó 2.000 rupias y la entrada a la torre, 2.750 por persona.
Lo de subir la torre ya fue otra historia. Al principio todo bien, pero según ganas altura la escalera se estrecha, las barandillas bajan y el vértigo sube. En el último tramo apenas cabe una persona, así que toca meterse en unos pequeños huecos para dejar pasar a la gente que baja. ¿Mereció la pena el mal rato? Totalmente. Las vistas de las montañas de alrededor son súper top.
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Si quieres recorrer el corazón verde de Sri Lanka sin preocuparte de la logística, este tour privado de 2 días te lleva desde Kandy hasta Ella pasando por Ambuluwawa, las plantaciones de Nuwara Eliya y las Llanuras de Horton.
Ya abajo, pusimos rumbo a Nuwara Eliya por una de las carreteras más bonitas de Sri Lanka. Curva tras curva, el paisaje se iba llenando de plantaciones de té y cascadas, así que íbamos parando cada dos por tres. La primera parada fueron las Hellboda Ella Falls, y algo más adelante, el mirador de Ramboda y Puna Ella, desde donde se ven dos cascadas enormes.
Como nos supo a poco, bajamos en coche hasta el Ramboda Falls Hotel, que cobra una pequeña entrada por acercarte a la cascada de Ramboda. No es imprescindible, pero como es barato, te lo recomendamos. El hotel tiene buffet, pero nosotros preferimos comer en el de Ramboda Water Villa, que tiene muchas mejores vistas.
Con el estómago lleno seguimos subiendo, y en las laderas empezaron a aparecer las recolectoras de té con cesta a la espalda. Wasala nos contó algo que no sabíamos: esta tarea la hacen casi siempre mujeres, porque tienen las manos más pequeñas y delicadas, no dañan la planta y saben solo con el tacto qué hoja está lista para recoger. Pueden llegar a recoger unos 20 kg al día.
Paramos en un mirador frente al valle de las plantaciones de Labookellie, junto a su fábrica. Colinas enteras cubiertas de té hasta donde alcanzaba la vista. Una postal sin duda.
Y por fin, Nuwara Eliya. Nada más llegar decidimos recorrerla a pie, y enseguida entendimos por qué la llaman “la pequeña Inglaterra”. Fue una estación de montaña de los británicos en el siglo XIX, y se nota en sus casas y en su oficina de correos de estilo inglés (que estaba en obras cuando fuimos).
El clima también ayuda: a casi 1.900 metros de altitud, pasamos frío en pleno julio. Paseamos por el mercado y alrededor del lago, pero no entramos al parque de Victoria porque la entrada era bastante cara.
Y aquí va nuestra opinión sincera: Nuwara Eliya no tiene mucho más que ofrecer. Solo te la recomendamos si quieres visitar plantaciones o fábricas de té, y eso nosotros ya lo habíamos hecho en Kandy.
Paramos un rato en Caffera para un matcha, un café y un plátano frito con helado y sirope de arce. Para cenarm fuimos a Taste of India, un indio que nos dejó encantados: paneer, onion pakoda, naan de ajo y de queso y un butter chicken de escándalo. Ojalá la noche hubiera estado a la altura…
Nuestro alojamiento era precioso y la cama cómoda, pero nos pasamos horas oyendo ratas correteando por el tejado, el baño estaba helado y las teteras del desayuno dejaban mucho que desear. Así que esta vez no te vamos a recomendar nuestro hotel en Nuwara Eliya.
Días 8 y 9: Ella, el tren más bonito de Asia y Little Adam's Peak
Si hay una imagen que todo el mundo asocia con Sri Lanka, es la del tren sobre el Puente de Nueve arcos cruzando entre las plantaciones de té, y la gente asomada por las puertas. Y el día 8 de este itinerario de 14 días por Sri Lanka, nos tocaba a nosotros.
Sí, es una de esas cosas que todo el mundo hace. Pero es que no hay mejor forma que recorrer Sri Lanka desde las alturas entre plantaciones de té, arrozales, ríos, cascadas y barrancos.
El ciclón Ditwah arrasó el centro del país a finales de 2025, y la vía desde Nanu Oya no reabrió hasta junio de 2026, así que el tren solo salía desde allí. Internet recomendaba subir en Ambewela, pero Wasala nos mandó a Nanu Oya, y menos mal: allí subió absolutamente todo el mundo, y los que entraron en Ambewela casi no encontraron sitio.
Llevábamos billetes de segunda clase (800 rupias los dos), pero estaba completa, así que acabamos en tercera. Y qué suerte. Nos sentamos junto a la ventana con una pareja de australianos majísima y nos fuimos turnando el sitio para que todos tuviéramos fotos y vídeos.
También nos asomamos por las puertas, como en las fotos de Instagram. No te lo recomendamos, pero si lo haces, agárrate bien y asómate solo cuando la vegetación quede lejos y no haya túneles. Por el pasillo pasaban vendedores de comida sin parar, y aunque no nos fiamos de casi nada, los cacahuetes aliñados cayeron. Buenísimos, por cierto.
En Ella se bajó todo el vagón… ¡error! Nosotros seguimos hasta Hali Ela y, con el tren casi vacío, cruzamos el Puente de los Nueve Arcos y el loop de Demodara, donde la vía rodea la montaña y pasa por debajo de sí misma. Allí nos recogió Wasala (otra ventaja del conductor: no hay que volver a por el coche a la estación de salida).
De camino a Ella, paramos en el templo de Dowa. Es un templo en una pequeña cueva llena de pinturas que nos recordó a Dambulla, con un Buda gigante tallado en la roca. Según la tradición, también aquí se escondió el rey Valagamba en el siglo I a.C. La entrada nos costó 3.000 rupias.
Llegamos a Ella, que es una “ciudad” entre muchas comillas: un par de calles de cafeterías, tiendas y mochileros. Comimos en Café Chill, uno de nuestros sitios favoritos del viaje, algo mucho más occidental pero con todo el sabor local. Probamos el lamprais, arroz con curry horneado en hoja de plátano que es de herencia holandesa, además de un wrap, chips de boniato, tés fríos de menta y maracuyá, y tarta de chocolate con anacardos para el postre.
Tras descansar en el hotel, el Duet Hearts, con habitaciones amplias, plancha incluida (nos vino de lujo) y un dueño majísimo que nos saludaba cada vez que nos cruzábamos por el pueblo, fuimos andando entre bosque y arrozales hasta el Puente de los Nueve Arcos para verlo desde abajo. Parece una tontería esperar a que pase un tren, pero al verlo entiendes lo que supuso esta línea, primero para sacar el té de las montañas y hoy para traer viajeros de todo el mundo.
De vuelta en el pueblo cargamos la mochila de souvenirs, nos dimos un capricho en Isle of Gelato (matcha spritz de yuzu y un frappé) y cenamos en el UFO: burrito de ternera desmechada, pizza barbacoa y crème brûlée de coco. Algo caro y muy europeo, pero nos apetecía variar.
La noche prometía porque ponían la semifinal del Mundial en el Café Chill. Cócteles en mano, y un par de grupos españoles contra un bar lleno de franceses. Ganamos 2-0. Imagínate el ambiente (lejos de las peleas, hubo buen rollo).
El día 9 tocaba un poquito de senderismo, el Little Adam’s Peak. Salimos desde la tirolina Flying Ravana y recorrimos los tres picos en una hora. Es más exigente de lo que parece: solo el primer tramo tiene escaleras y el resto es pendiente que resbala. Pero es gratis y las vistas lo compensan, con arrozales en terrazas, cascadas y la enorme Ella Rock enfrente.
Para huir del calor comimos en el Ella Breeze, que te deja usar su piscina en la azotea si comes allí. La comida, normalita, pero el chapuzón nos supo a gloria. Además, fue curioso ver desde arriba los tejados del pueblo con la ropa extendida sobre el aluminio para secarse.
Por la tarde subimos por una carretera llena de baches hasta el monasterio de Mahamevnawa, muy nuevo y pintado en rosa, verde, amarillo y azul pastel, nada que ver con lo visto hasta entonces. Se puede meditar gratis. Nosotros no lo hicimos, pero con la luz del atardecer nos pareció precioso y muy espiritual.
Antes de despedirnos repetimos en Isle of Gelato (esta vez matcha spritz de frambuesa) y en Café Chill, con hamburguesa de ternera, otra vegana de jackfruit, falafel con ensalada, zumo de flor azul con lima y té helado de menta.
Nuestro consejo: una noche en Ella es suficiente. Puedes ver el monasterio al atardecer del día que llegas, subir Little Adam’s Peak a primera hora del siguiente, y seguir después hacia Tissamaharama. Aunque a nosotros la segunda noche nos vino de lujo para descansar.
Día 10: una cascada secreta, templo de Buduruwagala, y leopardos en Yala
Tocaba despedirse de las montañas. El día 10 pusimos rumbo al sur con un objetivo claro, el Parque Nacional de Yala, y por el camino notamos cómo el paisaje iba cambiando. La vegetación era cada vez más baja y la tierra más seca. Pero antes del gran safari, hicimos un par de paradas que consideramos obligatorias si vienes a Sri Lanka.
La primera fue la cascada de Ellewala, cerca de Wellawaya, uno de esos sitios a los que solo van los locales. Si miras las reseñas de Google, casi todas son de srilankeses comentando que allí no hay turistas. Es más, cuando llegamos no había nadie más. Solo nosotros, una poza enorme y decenas de mariposas de colores revoloteando alrededor.
Parecía un oasis, un lugar secreto. Nos bañamos, eso sí, lejos del chorro, porque justo debajo la poza es muy profunda y leímos que han habido casos de ahogamientos. Si vas, ten cuidado. Para llegar hay que coger un tuk tuk que sube y baja por un camino de tierra (1.000 rupias los dos, ida y vuelta).
Muy cerca está Buduruwagala, cuyo nombre significa algo así como “la roca de las imágenes de Buda”. En una enorme pared de roca en mitad de la selva hay siete figuras talladas hacia el siglo X. En el centro, un Buda de pie de unos 15 metros, el más alto de este tipo en todo el país, con la mano levantada en el gesto de protección. A cada lado, un grupo de tres figuras de la tradición Mahayana.
A la derecha está Avalokiteshvara, el bodhisattva de la compasión, que conserva parte del estuco blanco original, junto a la diosa Tara. A la izquierda, Maitreya, el Buda que según la tradición está por venir, acompañado de Vajrapani. Lo curioso es que Sri Lanka es un país de budismo Theravada, así que estas tallas son una de las pocas huellas que quedan de la época en que la corriente Mahayana también tuvo peso en la isla.
Nos pareció un sitio precioso y muy tranquilo. La entrada nos costó unos 6 € los dos.
Para reponer fuerzas comimos en el RED Café, y todo estuvo buenísimo. Un kotthu de pollo y queso, noodles de pollo, pan de ajo y un mango lassi espectacular, súper cremoso. Que por cierto, el lassi es un batido de yogur típico de la India que también ha conquistado Sri Lanka, y nos supo a gloria.
Por la tarde llegó el momento más esperado… Nuestro tercer safari del viaje en el Parque Nacional de Yala. Es el parque más famoso y visitado de Sri Lanka, conocido por tener una de las mayores densidades de leopardos del mundo. Spoiler: fue nuestro safari favorito de los tres visitados. Después de no ver ni uno en Wilpattu, aquí vimos dos leopardos, eso sí, ambos echándose la siesta tumbados a la sombra.
También cocodrilos, ciervos, búfalos de agua, mangostas y un montón de aves. El jeep nos llevó hasta la costa, con unas vistas impresionantes y una vegetación muy curiosa. Y cuando ya pensábamos que el safari había terminado, justo a la salida, nos sorprendieron dos manadas de elefantes con la luz del atardecer. Un final perfecto. El safari nos costó 46.000 rupias los dos.
Dormimos en Tissamaharama, la «ciudad» base de casi todos los safaris de Yala, en el Yala Hideaway, otro de los mejores alojamientos del viaje. Como tantos en Sri Lanka, lo lleva una familia adorable. Nos recibieron con un smoothie verde increíble. Después de una buena ducha cenamos allí mismo un rice and curry riquísimo y, de postre, los mejores mangos de nuestra vida.
Días 11 y 12: playas del sur de Tangalle, Hiriketiya y Mirissa
Tras diez días de templos, montañas y safaris, por fin olía a mar. El día 11 dejamos Tissamaharama rumbo a la costa sur con una duda: ¿podríamos bañarnos en pleno monzón? Spoiler: encontramos nuestro huequito.
La carretera nos regaló antes una sorpresa: una perahera en Weligatta, una de esas procesiones budistas que recorren la isla. Un desfile de lo más colorido, con sombreros en forma de cisne, tocados de plumas de pavo real, trajes de pavo real completos, banderas budistas y ruedas con cintas girando sin parar. La más famosa es la Esala Perahera de Kandy, que se suele celebrar hacia finales de agosto. Una pena no haber coincidido.
Por la moderna autopista que une Hambantota con Colombo llegamos a Rekawa, playa de desove de tortugas marinas. Con aquellas olas no se bañaba nadie, pero el paseo entre cangrejos ermitaños fue una gozada.
En Tangalle acabamos ayudando a unos pescadores a tirar de sus redes, que estaban lejísimos (agotador, pero inolvidable), y Wasala nos llevó después al puerto a ver cómo descargaban, separaban y vendían toneladas de pescado. Fascinante, y con un olor bastante más llevadero que el del mercado de Kandy.
Y por fin, llegamos a Hiriketiya. Esta bahía en forma de herradura está tan metida en la costa que queda protegida del oleaje fuerte, y aquí nos dimos nuestro primer baño en el Índico. Pasamos la tarde cogiendo olas hasta la orilla sin miedo a la corriente (sin meternos demasiado, claro). Estaba bastante llena, pero es preciosa, de arena fina y con muy buen rollo de gente joven y surfistas. Si te animas, puedes alquilar tabla de surf allí mismo.
Comimos en Dots Bay House una sepia crujiente picante y un bol de fideos de arroz con salsa de cacahuete y coco, con un smoothie de mango sticky rice y una bebida de lima. Algo caro, pero rico, y con pinta de sitio genial para tomar algo de noche. Tras la playa, fuimos a merendar un affogato de matcha y coco, un latte y un bol de açaí en Bayside Breeze mientras echábamos un Conecta 4 (sí, tienen juegos). Después, vimos el atardecer en la vecina playa de Dickwella.
Dormimos en el Mount Side Hiriketiya, habitación y baño súper modernos aunque un desayuno algo justito, y cenamos en la azotea del High Tide by Cielo, junto a la piscina: ensalada tailandesa de pollo y mango y langostinos en tempura con mayonesa de wasabi. De diez.
El día 12 seguimos hasta Dondra, el punto más al sur de Sri Lanka, con aguas clarísimas y el faro más alto del país, de 49 metros, levantado por los británicos en 1889. Su nombre cingalés, Devinuwara, significa “ciudad de los dioses”, y aquí hubo un gran templo dedicado a Vishnu que los portugueses arrasaron a finales del siglo XVI.
Ya en Matara, la estupa de Parewi Duwa sobre su islote nos regaló otra postal. Según Wasala, es buena base para la temporada de baño en el sur, y se nota: buenas calles, infraestructura turística y hasta KFC y Pizza Hut.
Llegamos a nuestro destino: Mirissa. Pero sinceridad ante todo: el famoso Coconut Tree Hill no nos pareció para tanto. Las palmeras sobre el agua turquesa molan, pero está masificado y no merece el desvío si no te alojas allí. Nos limitamos a pasear por la playa y cruzar el puentecito de madera hasta Parrot Rock, que tiene su puntito aventurero.
Para comer, Ceylon Curry House. Hubo un rice and curry de langostinos con arroz rojo, un set de pulpo al estilo de Matara para Aarón y una soda de limón. De postre, watalappan: un flan espeso de leche de coco, huevo, panela de kithul y especias, herencia de la comunidad malaya, con un toque como a chocolate y anacardos por encima. Una delicia.
Nos alojamos en el Thithi’s Palace, probablemente el mejor hotel del viaje: moderno, impecable, habitación y ducha enormes, terraza propia y piscina. Por la tarde bajamos a la Secret Beach, la última playa donde pudimos bañarnos tranquilos. Es una cala pequeña y semiprivada, y puedes usar las tumbonas si consumes algo (nuestro mango lassi cayó sin pensarlo).
La cuerda sobre el agua y las antorchas al atardecer le dan mucho encanto, pero había bastante gente, el agua apenas cubre y, por desgracia, mucha basura, tanto la que deja la gente como la que trae el viento. Eso sí, el atardecer fue espectacular. Cerramos el día con kotthu de pollo y queso y un bañito nocturno en la piscina.
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Las aguas de Mirissa son uno de los mejores sitios de Sri Lanka para meterse en el agua. Puedes apuntarte al snorkel con tortugas marinas (con opción nocturna incluida) o dar el salto al bautismo de buceo si quieres ir un poco más abajo.
Días 13 y 14: Galle colonial, safari en manglares del Madu River, y despedida en Colombo
Nuestro penúltimo día en Sri Lanka empezó en Galle, y nada más cruzar suss murallas sentimos que viajábamos en el tiempo. Fue fundada por los portugueses a finales del siglo XVI, pero fueron los holandeses quienes más tarde la convirtieron en la ciudadela amurallada que hoy es Patrimonio de la Humanidad. Sus callejuelas con casitas bajas, cafeterías y tiendas, respiraban ese estilo colonial.
Recorrimos la muralla con el mar a un lado, saltando de bastión en bastión: Fishmarket, Vismark, Clippenberg y nuestros favoritos, Star Bastion y el de la torre del reloj. Desde Clippenberg se ve una de las estampas más fotografiadas del fuerte, con una estupa en primer plano y una iglesia justo detrás.
Por el camino pasamos por la Iglesia Reformada Holandesa, el faro de Galle, y el antiguo hospital holandés (hoy lleno de tiendas). Y lo que más nos voló la cabeza: en muchos muros, entre la piedra, asoman trozos de coral. Antes de irnos, matcha spritz de frambuesa y latte helado en el Isle of Gelato.
Rumbo a Bentota paramos en Peraliya. Aquí, el 26 de diciembre de 2004, el tsunami arrastró el tren Queen of the Sea en el peor desastre ferroviario de la historia, con más de 1.500 muertos solo en el tren, y arrasó el pueblo entero. Un Buda de 18,5 metros recuerda a las víctimas, y al lado una pequeña galería muestra fotos de la tragedia (no se pueden fotografiar). Salimos con un nudo en la garganta.
Tras comer en Happy Grill, en Ambalangoda (noodles con albóndigas, pollo con patatas y, ojo, una barrita de Mars frita con helado), llegó el safari por el río Madu, en Balapitiya. Nos sorprendió su tamaño: un humedal protegido salpicado de islas donde la gente vive de la pesca y de pequeños cultivos. Cruzamos túneles de manglar, vimos pescadores, aves y varanos acuáticos, y paramos en varias islas.
Desembarcamos en el monasterio Suwa Samadhi, donde nos impactó un Buda en ayuno severo, en los huesos, que representa una de sus grandes lecciones: la iluminación no llega castigando al cuerpo, sino buscando el equilibrio entre privación y exceso.
En la isla de la canela vimos cómo se extrae de la corteza y todo lo que se hace con ella, desde ramas y polvo hasta té y aceites. ¡Qué olor! El safari cuesta 17.000 rupias más propina, y lo recomendamos.
El centro de tortugas de Ahungalla, en cambio, no nos convenció. Ver eclosionar un huevo fue precioso, y nos dio mucha pena ver las tortugas rescatadas, algunas mutiladas por redes de pesca y sin posibilidad de volver al mar. Pero nos surgieron dudas sobre cómo consiguen las tortugas (dicen que pagan a los pescadores que se las traen), y no nos gustó nada que nos ofrecieran soltar una cría a cambio de pagar más.
Los expertos lo desaconsejan: las crías deben llegar solas al mar, normalmente de noche, para orientarse y esquivar depredadores, y retenerlas en tanques para los turistas les quita fuerzas. Con niños o por curiosidad, puede estar bien. A nosotros nos dejó una idea clara: hay que dejar de contaminar los océanos.
En Bentota nos esperaba otra sorpresa: nuestro hotel estaba cerrado. El chico que nos atendió no entendía cómo habíamos podido reservar, porque ya lo habían quitado de Booking. Como no habíamos pagado nada, encontramos en un momento Sisi’s Place, y salimos ganando: habitación genial, desayunazo y una familia majísima. Su único pero era la vía del tren pegada a la ventana.
Bentota no tiene mucho que ver fuera de la temporada de baño. Decidimos alojarnos aquí simplemente por estar más cerca de Colombo, por si acaso, pero no hace falta. Hemos aprendido que puedes dormir en Galle e ir a Colombo a la mañana siguiente sin problema.
Cenamos en Islanda Bentota Sea Food (espaguetis con langostinos, langostinos en tempura, roti de ajo y una Lion) y, sin bares que pusieran la final del Mundial, la vimos en el móvil desde la habitación. ¡¡¡CAMPEONES!!! Y para redondear el día, Wasala nos había regalado halapa, un dulce de harina de arroz relleno de coco y panela de kithul, cocido en hoja de plátano.
El último día de nuestro itinerario de Sri Lanka en 14 días lo dedicamos a Colombo, la capital comercial del país. Empezamos por la plaza de la Independencia, con el gran pabellón que conmemora la independencia de 1948 y la estatua de D. S. Senanayake, el primer jefe de gobierno del país, y pasamos por el ayuntamiento antes de llegar a nuestro sitio favorito de la ciudad: el templo Gangaramaya.
Fundado a finales del siglo XIX, mezcla arquitectura srilankesa, tailandesa, india y china, y es uno de los templos más importantes de Colombo. Es un oasis de tradición en medio del caos y los rascacielos. Nos quedamos sin palabras en una sala abarrotada de Budas, y su museo es de lo más ecléctico: relojes, coches antiguos, regalos de medio mundo y, según dicen, la estatua de Buda más pequeña del mundo, que solo se ve con lupa.
La entrada cuesta 500 rupias e incluye el Seema Malaka, un templo flotante diseñado por el arquitecto Geoffrey Bawa en mitad del lago Beira, con una fila de Budas dorados preciosa.
Desde ahí fuimos andando hasta Fort, el antiguo barrio colonial, y Pettah, por callejuelas estrechas y oscuras que nos recordaron a las medinas. Por el camino pasamos por el templo hindú de Arulmigu Sivasubramaniya Swamy, el antiguo faro de Colombo y la pagoda Sambodhi, una curiosísima estupa elevada sobre unos arcos gigantes, como una torre Eiffel budista.
Luego nos sumergimos en el mercado de Pettah, un caos maravilloso de gente y puestos, y acabamos frente a la mezquita Jami Ul-Alfar, con sus rayas rojas y blancas, y el templo hindú de Sammangodu Sri Kathiravelayutha Swami.
De repente se puso a diluviar, por primera vez en todo el viaje. Por suerte nos pilló entrando en el restaurante donde comimos dentro del antiguo hospital holandés, uno de los edificios más antiguos de Colombo: el Ceylon Curry Club. Allí probamos por fin los típicos hoppers, unos cuenquitos crujientes de harina de arroz y coco (el de huevo, nuestro favorito), unos raviolis de berenjena picantes y, de postre, crème brûlée de coco. Despedida por todo lo alto.
Cerramos la visita junto a la Lotus Tower, la torre más alta del sur de Asia con 351 metros. No subimos porque nos pareció cara y las vistas no son de las más bonitas. Y llegó el momento más difícil: despedirnos de Wasala, que más que conductor fue nuestro guía y amigo durante catorce días. Con pena, pero con la mochila llena de recuerdos, pusimos rumbo al aeropuerto. Nos esperaba nuestro siguiente Plan D: Maldivas en 7 días.
Recomendaciones para viajar a Sri Lanka
Después de 14 días recorriendo la isla de norte a sur, estos son los consejos que nos habría encantado tener antes de ir, aunque podrás ver el listado completo de recomendaciones con nuestro post de Todo lo que debes saber antes de viajar a Sri Lanka:
- Tramita la ETA antes de salir. Es la autorización electrónica para entrar como turista, a día de hoy gratuita para los españoles, y se pide en la web oficial de la ETA. En el aeropuerto te pedirán la ETA, el pasaporte con más de seis meses de validez y el billete de avión.
- Muévete con conductor y sube al tren en Nanu Oya. Conducir por libre no compensa. Con conductor te olvidas de volver a por el coche después del tren y ganas un guía local de lujo. En cuanto al tren, súbete en Nanu Oya, porque más adelante te arriesgas a no encontrar sitio. Y no te bajes en Ella: sigue hasta Hali Ela para cruzar el Puente de los Nueve Arcos y el bucle de Demodara.
- Prepara bien la maleta. Lleva calcetines para ir descalzo por los templos, porque el suelo quema, y algo que cubra hombros y rodillas para no alquilar sarong en cada entrada. Mete también lo básico de aseo, porque en muchos hoteles no hay secador, nevera ni amenities.
- Ajusta la ruta a la época. De junio a septiembre los alojamientos casi duplican su precio y el monzón azota la costa sur y oeste, así que para bañarte tendrás que ir al este o buscar calas protegidas como Hiriketiya. Fuera de temporada de baño, Mirissa y Bentota son prescindibles. En Ella basta con una noche, y Nuwara Eliya merece la pena si visitas allí las plantaciones y las fábricas de té. Ah, y piénsatelo dos veces con los centros de tortugas que te ofrecen soltar crías a cambio de dinero.
- Efectivo para empezar, tarjeta para el resto. Lleva euros desde España para cambiar al llegar a Negombo y pagar al conductor. Para lo demás, saca rupias en los cajeros de Bank of Ceylon, que a nosotros no nos cobraron comisión por retirada, con una tarjeta sin comisiones por cambio de divisa como Revolut.
- No viajes sin seguro. Por cualquier accidente y, sobre todo, por la asistencia médica, porque aquí es fácil pillar una intoxicación alimentaria. Nosotros fuimos con Heymondo, y con el código PLANDVIAJERO tienes un 5% de descuento.
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En Sri Lanka usamos Revolut para prácticamente todo: cambio de divisa al tipo de cambio real, sin comisiones ocultas y con la tarjeta lista en dos minutos. Créate tu cuenta aquí antes de salir.
Lo que más y menos nos ha gustado de Sri Lanka
Si nos preguntan qué nos llevamos de Sri Lanka, la lista de cosas buenas es muchísimo más larga que la de las malas. Pero para ser justos, aquí van cuatro de cada.
👍 Lo que más nos ha gustado:
- La gente. Si tuviéramos que quedarnos con una sola cosa, sería esta. Desde el apretón de manos sujetándose el antebrazo hasta las familias que llevan casi todos los alojamientos, el camarero de Anuradhapura practicando su español o los peregrinos que nos ofrecían comida sin pedir nada a cambio. Y, por supuesto, Wasala, que fue mucho más que un conductor.
- La variedad en tan poco espacio. En dos semanas pasamos de ciudades sagradas con más de 2.000 años a plantaciones de té entre montañas, safaris con leopardos y elefantes y playas de surf en el Índico. Y todo sin sentir que íbamos corriendo. Con las cuevas de Dambulla como joya de la corona: nuestro lugar favorito de toda la isla.
- La fauna. Tres safaris y cada uno mejor que el anterior: el oso bezudo de Wilpattu, los cientos de elefantes de Minneriya y, por fin, los leopardos de Yala. A eso súmale monos por todas partes, varanos, cálaos y mariposas. Sri Lanka es un paraíso para los amantes de los animales.
- La comida. Rice and curry en todas sus versiones, kotthu, hoppers, lamprais, watalappan, buffalo curd con miel… y una fruta que no tiene nada que ver con la de aquí. Todavía soñamos con los mangos del Yala Hideaway y el mangostán de Kandy.
👎 Lo que menos nos ha gustado:
- Los precios para extranjeros. Entendemos que hay que financiar la conservación del patrimonio, pero la diferencia entre lo que paga un turista y lo que paga un local en sitios como Anuradhapura o Sigiriya es tan grande que incomoda.
- Las propinas y las “actividades gratis”. Village tours, jardines de especias, centros de tortugas… Muchas visitas se venden como gratuitas, pero acabas dejando propina en cada parada o pasando por caja en la tienda del final. No es un drama, pero conviene saberlo para no llevarte sorpresas.
- La basura. Nos dio mucha pena ver playas tan bonitas como la Secret Beach de Mirissa llenas de plásticos, entre lo que deja la gente y lo que arrastra el viento.
- La masificación en algunos puntos. Los safaris se llenan de jeeps, y sitios como el Coconut Tree Hill de Mirissa o la playa de Hiriketiya pueden estar a rebosar. Por suerte, basta con alejarse un poco, a lugares como la cascada de Ellewala o el Buda de Aukana, para tener Sri Lanka casi para ti solo.
Este ha sido nuestro viaje por Sri Lanka en 14 días: una luna de miel llena de templos, safaris, té, trenes y playas que se nos quedó grabada para siempre. Sri Lanka fue durante mucho tiempo uno de esos destinos que íbamos dejando “para más adelante”, y resultó ser uno de los mejores viajes de nuestra vida. Un auténtico Plan D.
Si te has quedado con ganas de más, echa un vistazo a nuestra guía de qué ver en Anuradhapura, o este otro post sobre la espiritualidad que respira Mihintale. Descubre cómo cerramos el viaje con 7 días en Maldivas y todo lo que debes saber antes de viajar a Maldivas, o incluso cómo nadamos juno tiburones ballena entre otras actividades en Maafushi. ¡Esperamos que te sirva de inspiración para vivir tu propia aventura en la isla lágrima de la India!